Literatura libre para todos

Lecturas | Versión 2.0


Grabado de Hölderlin de Luise Keller, ca. 1842.

A l entrar en la casa del desdichado no se espera ciertamente encontrar allí al poeta que gustaba deambular con Platón por las riberas del Iliso; tampoco es que se trate de una mala casa, sino que es la vivienda de un carpintero acomodado, que posee una poco frecuente cultura para un hombre de su condición, y que incluso habla de Kant, Fichte, Schelling, Novalis, Tieck y otros. Se pregunta por la habitación del señor Bibliotecario —aún le gusta que le llamen así— y se llega ante una puerta pequeña. Al oír voces dentro, uno cree que tiene visita, pero el carpintero aclara que está completamente solo y que habla consigo día y noche. Uno piensa, titubea sobre si llamar a la puerta o no; uno se siente inquieto. Por fin se llama y se oye un enérgico «¡Adelante»!.

Se abre la puerta y en el centro de la habitación hay una figura enjuta que se inclina profundísimamente sin cesar de hacer reverencias, con unos ademanes que estarían llenos de gracia si no tuvieran algo de convulsivos. Es de admirar su perfil, su despejada frente, su mirada amistosa, si bien apagada, no sin vida todavía; las devastadoras huellas de la enfermedad mental se notan en sus mejillas, en su boca, en su nariz, sobre los ojos, en los que hay un grave rasgo de dolor, y se percibe con pesar y aflicción el movimiento convulsivo que a intervalos se extiende por todo su rostro, le impulsa los hombros hacia arriba y le hace levantar especialmente manos y dedos. Lleva un sencillo jubón, en cuyos bolsillos laterales gusta de meter las manos. Uno le dice algunas palabras de introducción, que son acogidas con las más corteses reverencias y con un diluvio de palabras carentes de sentido que desconciertan al visitante. Hölderlin, que fue y sigue siendo muy cortés en las formas, siente entonces la necesidad de decir algo amable al visitante, formularle alguna pregunta. Lo hace; se escuchan unas cuantas palabras comprensibles, pero casi siempre resulta imposible contestarle. El propio Hölderlin no espera en absoluto una respuesta; más bien al contrario, se desorienta si el extraño se esfuerza en seguir una idea. Ya hablaremos de ello más adelante, cuando tratemos de nuestras conversaciones con él. De momento daremos sólo una rápida impresión. El extraño se ve tratado con los títulos de Su Majestad, Su Santidad, Reverendo Padre. Hölderlin está visiblemente turbado: acepta estas visitas de muy mala gana y después de ellas está más inquieto que antes. Por eso no me agradaba cuando alguien me pedía que le llevara a visitarle. Yo prefería ir a verle solo, pues en caso contrario la visita le resultaba a aquel solitario, aislado de las relaciones con el mundo, demasiado chocante, demasiado perturbadora, y el extraño no sabía cómo comportarse, porque Hölderlin empezaba en seguida a agradecer la visita, a inclinarse de nuevo, y entonces era aconsejable no demorarse más tiempo allí.

Desde luego, nadie permanecía mucho rato junto a él. Incluso sus antiguos conocidos encontraban la conversación demasiado inquietante, agobiante, aburrida, carente de sentido, pues era precisamente con ellos con quienes el Bibliotecario era más asombroso. En una ocasión fue a visitarle Friedrich Haug, el epigramático, que hacía tiempo que le conocía. También a él le trató de Real Majestad y le llamó señor Barón Von Haug. A pesar de que el viejo amigo aseguraba que no era noble, Hölderlin no cesó en modo alguno de dispensarle aquel distinguido título. Ante los desconocidos mostraba una absoluta falta de sentido.

Al principio escribía mucho. Llenaba todos los papeles que se le pusieran a mano. Eran cartas en prosa o en metro pindárico libre, dirigidas a su amada Diótima, y también escribía odas alcaicas. Había adoptado un estilo extraordinariamente singular. Sus temas eran el recuerdo del pasado, la lucha con la Divinidad, las fiestas de los griegos [...]

Sobre la vida, poesía y locura de Friederich Hölderlin de Wihelm Waiblinger, introducción del libro: POEMAS DE LA LOCURA precedidos de algunos testimonios de sus contemporáneos sobre los «años oscuros» del poeta.Edición bilingüe, Editorial Hiperión. Digitalizado por VERSOS LIBRES. La Habana, Cuba. Año 2005.

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Mesoistic 26 de John Cage, ca. 1970.